Un pedófilo se va de bares y la Justicia ni se entera

Por encima de pareceres personales, ascos varios y rabia, el caso del asesinato de la niña onubense Mari Luz Cortés el 13 de enero a manos de un pedófilo detenido estos días debe inducir a la reflexión política por una parte, y a la purga despiadada de los responsables del mundo judicial por otra. Así, sin paliativos, porque Mari Luz no murió por casualidad o mala suerte sino porque el mundo judicial, tan entrenado en reclamar subidas de sueldos y reclamar un protagonismo social que en absoluto se merece, no estuvo a la altura de las circunstancias (por emplear un eufemismo tan en boga en este tiempo postelectoral). Y ya sé que por las ovejas negras no se puede juzgar a todo el rebaño y que, sin duda, hay excelentes trabajadores de la Justicia que comparten esta indignación.
Los datos son sencillos y claros: el presunto asesino es un reconocido pederasta que hasta salió en la televisión contando ocurrencias escasamente simpáticas, que tiene dos condenas firmes por pedofilia (la primera de ella, por abusos sexuales de su propia hija), que fue detenido cinco veces, que pasó por cuatro juzgados y que no había pisado la cárcel… ¡porque una funcionaria estaba de baja médica!
Este no es, no puede ser, un país serio. Cuando su vecino lleva sobre la espalda dos condenas, la primera hace cinco años, y se toma alegremente el vermú los domingos a su lado comentándole que quizás el Real Madrid gane la liga, esto no es un país. Esto es un manicomio. Pero eso sí, a Mari Luz no hay juez que le devuelva la vida. Es hora de practicar el venerable deporte nacional: a lamentarse tocan, mientras la enorme mayoría de los funcionarios (no sólo los de Justicia) no cumplen su horario y, además, el cuarto de hora del café se multiplica… ¿por tres? ¿por cuatro?