¡No me sea usted de baja estofa!
Una amiga danesa, profesora de español, me encarga que bucee por aguas literarias y gramaticales en busca del origen de la expresión “de baja estofa”. Se trata de una locución adverbial que se refiere a una persona (y también a una cosa) de baja condición (o de baja calidad). O sea, que no se trata precisamente de un piropo. Su categoría moral e incluso social andan por los suelos si usted es un individuo de baja estofa.
El gran lingüista y humanista Antonio de Nebrija da como significado “labor acolchada”. ¿Y qué quería decir con eso? Aludía al tejido de que se hacían sus ropas los campesinos y, de una manera más general, las personas de clase baja. Por extensión, de baja estofa pasó a calificar a aquello que procedía de un ámbito social que no sabía lo que era el cuidado, el refinamiento. O sea, del ámbito rústico en su sentido más despectivo. ¿Su antigüedad? La expresión nació en el siglo XV.
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