El chip del lenguaje machista
“Tenemos puesto un chip que propicia el lenguaje machista”. La frase la ha pronunciado Elena Alfaya, investigadora de la Universidad de A Coruña que dirige el proyecto Sexismo y androcentrismo en la prensa periódica española: análisis exhaustivo de las noticias publicadas en el periódo 2002-2007. En una entrevista publicada el domingo pasado en La Voz de Galicia, Elena Alfaya llega a decir que le llamaba la atención que en noticias de asesinatos de mujeres “se legimitaba esa violencia al utilizar un lenguaje que las culpabilizaba”, y sigue con perlas del estilo de no haber encontrado una descripción positiva de las mujeres maltratadas (“Ellas nunca hacen nada positivo”) y sí que encuentran “descripciones positivas del asesino”. El ejemplo que pone, muy en línea de los defensores de la restricción de la libertad de expresión que tanto proliferan, semicamuflados, ahora en España, lo saca de un periódico “de tirada nacional”: “La mujer asesinada por su pareja en Cheste no había presentado denuncias previas”, de lo cual deduce, pura y llanamente, que “el discurso la culpabiliza (a la mujer) y atenúa el asesinato”. Por supuesto en ningún momento pone por delante la presunción de inocencia y, ¡faltaría más!, el estudio de las causas de esa violencia, un problema cuantitaiva que no éticamente menor en España. ¡Menos mal que reconoce que no hubo mala intención por parte del periodista, sino que habla poco menos de que hay una superestructura interior o algo así, que no especifica, que hace escribir esas cosas!
Elena Alfaya, que hace uso de una libertad de expresión que no reconoce en el fondo al periodista (uno escribe lo que le da la gana, dentro de los límites del Código Penal), aboga incluso por hacer cursos de “educación lingüística para periodistas”. O sea, más presión sobre los informadores para que escriban lo que algunas iluminadas creen que es lo correcto.
Ni siquiera el problema es que “a mí me pasaron por delante (en la Universidad) hombres con menos preparación académica y experiencia”. Ni tampoco el que “muchas mujeres renuncian a ser madres para llegar a sus objetivos profesionales” (se entiende que las mujeres tienen el suficiente sentido como para decidir libremente lo que quieren hacer, aunque parece que Elena Alfaya no lo considera así). El problema es que en España se está instalando un aparente derecho a censurar, cortar, coaccionar o prohibir la difusión de aquello que no gusta a determinadas mujeres, valiéndose del argumento de la marginación histórica. Lo cual es considerar a la mitad de la población como tonta.
Está muy bien que Elena Alfaya investigue eso o lo contrario. La invito a que lo haga en el mercado, en la empresa privada. Y no con mis impuestos, por favor.
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